Recortes (sin)

Otra vez. Otra vez más se encontraba frente a la intimidante hoja en blanco.

Un nuevo intento de contar una historia sin argumento, de desentrañar un misterio que solo tenía sentido bajo escenarios oníricos.

Otro pedazo de papel que adquiría tridimensionalidad tras ser convertido en un bollo.

Pero no nos confundamos, nuestro protagonista nunca fue lo suficientemente valiente como para desentenderse de esos tristes pedazos de papel. Simplemente, descargaba su furia ante la inspiración que nunca llegaba, o que apenas tomaba forma de pequeños relatos, que nunca satisfacían a nuestro escritor.

¿Cómo podría descargarse con unas simples líneas? No tenía sentido alguno. Había tantas cosas dentro de su mente, tantos personajes únicos, tantas moralejas urbanas, tantas traiciones, tantas promesas de amor…

Para qué dosificar las emociones en pequeñas prosas y variedad de poesías, mejor sería unificarlos en una única y magnánima obra.

Para ello archivaba estos papeles arrugados en su bibliorato bermellón. Los escritos más largos eran abrochados y separados en folios. Los más pequeños -entre los que se encontraban varios aforismos delineados en la servilleta de algún bar, y algún que otro haiku en la cara opuesta de un boleto de colectivo- los pegaba cuidadosamente con cola vinílica y luego los guardaba en otra carpeta adjunta, cuya etiqueta rezaba “Recortes”.

Otra vez separó con sus manos los extremos de la hoja que acababa de escribir y volvió a repetir, una vez más, esa desafortunada acción (¿su mayor pecado personal tal vez?). De no poder delinear, de detenerse en el momento dominante, sin desenlace, sin final, sin

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